lunes, julio 07, 2003

El perrito de allá abajo no impedirá que traiga a un dúo interesante, en parte porque alguien habló de palomas (ughh, sí, creo que son ratas voladoras) y porque ss preguntó por el halcón; y séptimo sentido es Poeholic...
Medioevo aún. La paloma y el halcón solían unirse para crear una curiosa alegoría no sólo de orden espiritual, sino también social. La paloma, como símbolo del espíritu santo, representa la conversión (la iglesia) y el halcón, el poder militar converso. Juntos, fuerza y espíritu, tienen el permiso divino (ja, cualquier semejanza con nuestra historia es mera coincidencia) de actuar y buscar pajarillos salvajes para ser redimidos (imagen usada: impíos=wildbirds).
Enfin, no sólo los pájaros habitan en los bestiarios, están los animales acuáticos, los terrestres, los fantásticos y hasta las piedras que solían tener curiosos valores alquímicos. Más allá de los valores atribuidos (a veces absurdos o incompatibles con las no-creencias), los bestiarios son una ventana a la imaginería, al registro de una época y a la comprobación de lo que se olvida en el camino. Y el trabajo plástico es i-rre-pe-ti-ble:


Voté, aunque no creo en nada me gané mi pulgar negro; después entregué un tríptico de Reiki al mismo tiempo que veía como atropellaban a un perro: salió disparado, aullando, de repente se desplomó, y siguió aullando. La madre de mi clienta, un ser luminoso, se acercó, se inclinó y mientras le susurraba y le pasaba la mano sobre el lomo el perro calló (entonces se quedó dormido y sigue ahí dormido aunque la lluvia le mojó su panza inflada). Yo me quedé pasmada, como estatua de sal diluyéndose con la lluvia. Cuando atropellan a un perro huyo, escapo veloz; no me gusta que las imágenes jueguen conmigo, ver de golpe todas las mandíbulas tiesas, las ausencias, los jirones de otros días ni las carnes machacadas, ni los rabos que nunca más irán de aquí para allá. Esta vez no pude huir, estaba con mi clienta (los cánones dictan que uno debe comportarse).
No tengo perro, nunca más querré perros. Pero esos pequeños emisarios insisten en seguirme. (Desde la ventana lo veo. Sigue dormido. Dulces sueños).
Un pollo nunca será igual que un perro...

domingo, julio 06, 2003

Pollos, encore: En nuestros prejuicios se esconde, y regodea, la ignorancia; deben ser siameses o huevo de doble yema (blanquillo, para seguir inmaculados). Aprovecho la petición de rod j. m. para traer a dos emplumados más. Siempre creí que lechuza y búho eran lo mismo, total, tienen plumas, pico y ojos de plato. ¡Herejía! Así me hizo sentir mi hija, como candidata a la leña verde. Ella AMA a los pollos. Correción, no es amor, es obsesión. A san Pollo gracias, así no sigue mis impíos pasos.
Es la lechuza, y no el búho, la que simboliza la sabiduría, legado cultural de los griegos y su mítica Palas Atenea (Minerva, pa los romanos). Una especie de esta ave lleva el nombre de la diosa, lechuza de Atenea, ave que es efigie de las monedas griegas desde la antigüedad. Nótese: las lechuzas, y mochuelos, no tienen cuernitos en la cabeza:

moneda griega

El búho fue uno de los animales descritos en los bestiarios medievales; se le relacionaba con los muertos y el más allá; era emisario de la muerte y perfecta alegoría del pecador. El búho habita en cuevas (bestiario dixit) así como el pecador se encierra en la sombra de sus pecados y se niega a ver la luz divina. El plumaje intrincado y vistoso de dicha ave fue la alegoría perfecta de los pecados de la carne que envolvían (¿cálidamente?) al pecador. Y claro, un buen bestiario siempre era acompañado de hermosas iluminaciones:

Capitular, O (owl) medieval

Búho y lechuza. Lo que a primera vista parece una réplica, resulta el claroscuro entre vicio y virtud. Ni modo, al búho le tocó ser el badguy por un par de cuernos que no son mas que plumas alborotadas. No es gratuito, en el medioevo Lucifer tuvo su boom gráfico. Sea...

viernes, julio 04, 2003

Pollo 5: Tendré que elegir entre injertarme un cu-cú en el cerebelo o comprar un gallo (que no inglés, ja) y amarrarlo a la cabecera para que me despierte. Nos amanecimos varios días, por la susodicha revista, se tronó nuestro quemador, y se tronó el reloj biológico. Mi vicio de vampiro regresó. Tal vez el gallo o el señor cu-cú tengan alguna pócima para dormir “normalmente”. No lo creo. He oído cantar a los gallos al mediodía, puede ser una velada rebelión, llevan siglos como símbolo de amanecer-despertar. ¿Qué reciben a cambio? Recetas de coq-au-vin, lugares privilegiados en las veletas, animalito predilecto de Francia y emerger del pincel de Chagall. ¡eureka! esos pollos en el lienzo sí me gustan...


el canto del gallo, Chagall

jueves, julio 03, 2003

Pollo 4: No hay que ser tan tendencioso; no todos los pollos me desagradan: los pingüinos me gustan (son tersos, refinados y nadan); el cóndor y los buitres son monstruosamente hermosos, y ese algo de cinismo, de poca convención es envidiable; el colibrí es chulo, será porque parece más un insecto, moscardón, que un pajarraco. ¿Cuál otro? ¡Ah! El pollo al curry, ese es muy alegre y festivo, y acompañado de arroz a la naranja puede ser un amigo realmente entrañable. Ni hablar, este sentir antipollejos debe ser resultado de los elementos. Las aves son aire. Prefiero el agua; por algo este lugar es El Aljibe y no El Globo de Cantoya o La Veleta o La Rosa de los Vientos.
Curioso, la simbología de ciertas aves es muy atractiva, pero no hay modo de sentir empatía alguna: ni águilas, golondrinas, pelícanos, gaviotas, cuclillos, sanates, palomas (agh), nada de aves; ni siquiera el más mínimo ácaro podría ser dibujito en mi estandarte. Y de todos los emplumados las gallinas ocupan la cima del topten antipájaros. Esas señitos chismosas, de fútil algarabía, con su andar de barco encallado. Y tan guadalupanas y sumisas... Gallo, gallina, pollito...

miércoles, julio 02, 2003

Pollo 3: Entrar a una pollería es una alegoría a aquél pasaje de Dante, sólo que el letrero de advertencia se traduce en nombres curiosos: El Gallo de Oro, La Lupita, El Alerón, La piel dorada. Por suerte, en el súper entregan pollos amarillísimos debidamente empacados, sellados con vueltas y vueltas de plástico adherente; no soporto el tufo del pollo. No logro entrar a una pollería.
No es casualidad. Qué desparpajo de los pollos, con qué ligereza exhiben sus pieles desnudas y sus cuellos flácidos coronados con una cresta desteñida (nunca he entendido por qué se acuestan así, con la cabeza a modo de péndulo). Y no contentos con su apariencia guardan monstruosos secretos en su interior: higaditos y mollejas (que en ciertos casos corrompen una prístina sopa de fideos). Además se quedan tan quietos y sumisos, ni siquiera el manipuleo y la hábil tijera del pollero los hace reaccionar: crack, un muslito, crack, el alita, crack ¿le quitamos la cabeza? Son perezosos, tibios.
Esos pollos, lacios y encuerados. Aunque tienen algo de lúdico-siniestro; no así su versión emplumada: las gallinas...

martes, julio 01, 2003

Terminamos al amanecer. Ahora sólo queda esperar el regreso de las correcciones de la carnavalesca revista.
Ni hablar, los pollos rigen; curiosamente rax es presa de la misma maldición pollesca. La sincronía existe.
Pollo 2: La casa de la abuela era el nido de la infancia. En todas las paredes del jardín colgaban pequeñas jaulas; cada una albergaba un pájaro diferente, algunas contenían una pareja y por supuesto un nido de plástico que terminaba acunando diminutos huevitos blancos. Limpiar todas esas jaulas robaba un par de horas matutinas (los pájaros deben limpiarse a diario). Cambiábamos el trozo de periódico que cubría el piso, el manojo de vaina y soplábamos sobre el alpiste para eliminar las cascarillas; cambiar el agua era nauseabundo, toda ella infestada de excrementos diminutos, viscosos, y de plumas remojadas. Yo ayudaba a la abuela por mera empatía. Desde que entrábamos al cuarto de los pájaros, donde dormían, un hedor característico llenaba mis pulmones (lo recuerdo con precisión). Los pollos son de una fragilidad pasmosa. Recuerdo el canto de un zenzontle, y de un gorrión que cuidó la abuela: lo encontró bajo la higuera, con un ala rota; tenía el pecho rojo como colorín, al pasar los días de cautiverio el rojo se tornó amarillo oro (ella decía que comían ciertos insectos que provocaban ese tinte).
Todas las mañanas la abuela realizaba el mismo ritual, jaula por jaula. Sólo una vez modificó aquella cotidianidad. La noche anterior una de las ventanas, del cuarto de los pájaros, se había quedado emparejada. La abuela maldecía: todas las jaulas estaban volteadas o ladeadas, había plumas por doquier; plumas y pequeños cuerpos decapitados, algunas cabecitas con picos o simples jirones de carne. Los pocos pájaros que aún quedaban dentro de su jaula yacían muertos (ella decía que fácilmente morían de susto). Recogió cada vestigio animal, los arrojó en una palangana para luego incinerarlos en el boiler (aquellos boilers de combustible). Sólo una palabra se filtró en su silencio: mientras señalaba una huella sanguinolienta dijo “gatos”.

Madrugada. Chipi-chipi afuera. El partner termina el retoque de fotos (nos colgamos, mañana entregamos la otra mitad de la revistucha, planitas a color para la inquisidora revisión). Para seguir con el ojo abierto seguiré hablando de pollos.
Pollo 1: años ha vivía en un departamento con grandes ventanales; igual que ahora, fijaba la mirada en lontananza para reflexionar sobre cualquier instantanea estupidez. Aunque de niños somos más impresionables. Así estaba aquel día cuando de repente un leve “poc” sacudió uno de los vidrios, oteé, siguió un gran POC que sacudió el ventanal completo; apenas logré definir la silueta de un pollo (gorrión pequeño) que se había estampado contra el cristal. Salí al balcón, lo busqué ahí y después asomada (empinada) para ver si había caído a la acera. Nada. Ningún pollo roto. Supuse (breve suspiro) que el dichoso emplumado sólo se había llevado un susto y se habría ido, vuelo tambaleante, a su casa.
Los días pasaron. Otra tarde de ocio. Esta vez tocaba sentarse en el sillón que daba a la jardinera del balcón. Sorpresa. Tremor. Sobre la tierra yacía un curioso esqueleto, con pico integrado, y algunas plumas descoloridas a modo de monumento funerario. Maldito pollo, no había sobrevivido. Aún recuerdo la sensación de zozobra y el comparar aquellos huesos con la silueta de un dinosaurio (sí, los pajarracos son el mínimo vestigio de algo que no volverá).
Uy. Hoy me comí a su primo, pero rostizado. Ni hablar, esta semana los pollos rigen...