domingo, marzo 27, 2005

Los días santos son un domingo larguísimo, más si uno se queda en la ciudad. Todo se pasma y, si uno se descuida, uno se convierte en veleta oxidada. Está la sensación de haber caído en un inmenso flan: el dulce estancamiento (comienzo a empalagarme).
Logré recuperar 1GB de la compu; y recuperé --o rencontré-- algunos archivos. En espera de que el ritmo resucite dejo algo bueno pa leer. Hermoso, pues:

Nocturno de San Juan
Xavier Villaurrutia

Calles mojadas como espejos,
donde cada luz encendida,
al multiplicar sus reflejos
forma una ciudad sumergida.

Y en que el silencio va tejiendo
con negras plumas el misterio,
porque su noche sigue siendo
la eterna noche del Imperio.

Ciudad antigua y desolada.
En la piel de sus edificios
quedó la huella ensangrentada
de los rituales sacrificios.

Hay noches en que el corazón
palpita con otro compás.
Hay noches en que la razón
¡No quiere paz!

Noches en que la prostituta
se entrega al hombre, de verdad,
y en vez de darle la cicuta
le da miel de su soledad.


Y noches en que las doncellas
abandonan sus fríos lechos,
para mostrar a las estrellas
la luna llena de sus pechos.

Noches de trémula delicia
en que el insomne adolescente
descubre a solas la caricia
y halla en sus manos una fuente.

En que, cazadores furtivos,
en la sombra de algún pasaje,
con sus cara de muertos vivos
incuban un turbio chantaje.

Y en que, con paso amortiguado
algún Don Juan Manuel transeúnte
llega de pronto a nuestro lado...
¡Y esperamos que nos pregunte...!

Noches de silencioso pacto
en que, desnudas, las miradas
establecen, mudo, el contacto
de nuestras bocas imantadas.

Noches en que nuestra mirada
con otra mirada se enlaza.
¡Y nada nos detiene, nada!
Y pasa todo... y nada pasa.
*

No hay comentarios: